miércoles, 7 de mayo de 2014

3° Lectura. Job 37

Capítulo 37
También por eso tiembla mi corazón y se me salta fuera del pecho. 2 ¡Escuchen el estampido de su voz y el estruendo que sale de su boca! 3 El lanza su rayo bajo los cielos y hasta los confines de la tierra llega su fulgor. 4 Detrás de él, ruge una voz: hace tronar su voz majestuosa y no retiene los relámpagos mientras se deja oír su voz. 5 Dios nos hace contemplar maravillas, realiza grandes cosas, que no llegamos a entender. 6 Cuando dice a la nieve: «Cae sobre la tierra», y a los aguaceros: «Lluevan con fuerza», 7 él suspende la actividad de los hombres, para que todos reconozcan su obra; 8 las fieras se meten en sus guaridas y se refugian en sus madrigueras. 9 De la constelación austral irrumpe la tormenta, y el frío, de los vientos del norte. 10 Al soplo de Dios se forma el hielo y se congela la extensión de las aguas. 11 El carga la nube de humedad, y el nubarrón expande su relámpago, 12 que gira en derredor, conforme a sus planes, para ejecutar cada uno de sus mandatos por toda la superficie de la tierra: 13 sea que cumpla su voluntad para un castigo o para dispensar sus beneficios. 14 Presta atención a esto, Job, detente y considera las maravillas de Dios. 15 ¿Sabes acaso cómo Dios las dirige y cómo su nube hace brillar el rayo? 16 ¿Sabes cómo se balancean las nubes, maravillas de un maestro en sabiduría? 17 Tú, que no soportas el ardor de tu ropa, cuando la tierra está en calma bajo el viento del sur, 18 ¿puedes extender con él la bóveda del cielo, sólida como un espejo de metal fundido? 19 Enséñanos qué debemos decirle: no discutiremos más, a causa de la oscuridad. 20 Si yo hablo, ¿alguien se lo cuenta? ¿Hay que informarlo de lo que dice un hombre? 21 Hasta ahora no se veía la luz: estaba oscurecida por las nubes; pero pasó un viento y las disipó. 22 ¡Un áureo resplandor viene del norte; una terrible tempestad reina en torno de Dios! 23 ¡Es el Todopoderoso, y no lo podemos alcanzar! El es sublime por su fuerza y su equidad, grande por su justicia y no oprime a nadie. 24 Por eso le temen los hombres, y él no tiene en cuenta ni siquiera a los sabios.

2° Lectura. Jueces 7-8

Capítulo 7
La reducción del ejército de Gedeón
A la mañana siguiente, Ierubaal –es decir, Gedeón– se levantó de madrugada con la gente que lo acompañaba, y acamparon en En Jarod. Madián habías acampado más al norte, al pie de la colina de Moré, sobre el valle. 2 Entonces el Señor dijo a Gedeón: «La gente que te acompaña es demasiado numerosa para que ponga a Madián en sus manos. No quiero que Israel se gloríe a expensas mías, diciendo: «Es mi mano la que me salvó». 3 Por eso, proclama a oídos del pueblo: «El que tenga miedo o tiemble, que se vuelva». Así Gedeón los puso a prueba, y veintidós mil hombres se volvieron, quedando sólo diez mil. 4 Luego el Señor dijo a Gedeón: «Hay todavía demasiada gente; ordénales que bajen hasta el borde del agua, y allí te los pondré a prueba. Irán contigo solamente los que yo te indique; los otros no te acompañarán». 5 Gedeón hizo que la gente bajara hasta el agua, y el Señor le dijo: «A todos los que beban con la lengua, como lamen los perros, los pondrás a un lado; y a todos los que se arrodillen para beber, los pondrás del otro». 6 Los que lamieron el agua llevándosela a la boca, fueron trescientos; el resto de la tropa, en cambio, se arrodilló para beber. 7 El Señor dijo a Gedeón: «Yo los voy a salvar con estos trescientos hombres y pondré a Madián en tus manos. Que el grueso de la tropa regrese cada uno a su casa». 8 Los trescientos hombres recogieron los cántaros de toda la tropa, y también sus trompetas, mientras Gedeón despedía a los otros israelitas, quedándose sólo con esos trescientos. El campamento de Madián estaba en el valle, debajo del suyo. Presagio de la victoria 9 Aquella noche, el Señor dijo a Gedeón: «Baja ahora mismo contra el campamento de Madián, porque lo he puesto en tus manos. 10 Si tienes miedo de atacar, baja tú primero con tu servidor Purá 11 y escucha lo que dicen. Así tendrás valor y atacarás el campamento». Gedeón bajó acompañado de Purá, su servidor, hasta el extremo del campamento, donde estaban los puestos de guardia. 12 Madián, Amalec y todos los Orientales que habían irrumpido en el valle eran numerosos como langostas, y sus camellos eran incontables, como la arena de la playa. 13 Cuando llegó Gedeón, oyó que un hombre le estaba contando un sueño a su compañero. «Tuve un sueño, le decía; vi que una galleta de cebada venía rodando por el campamento de Madián. Al llegar a una carpa, chocó contra ella y la volteó, de manera que la carpa cayó por tierra». 14 Su compañero le respondió: «Esto no significa otra cosa que la espada de Gedeón, hijo de Joás, el hombre de Israel. Dios ha puesto en sus manos a Madián y todo su campamento». 15 Cuando Gedeón oyó el relato del sueño y su interpretación, se postró para adorar. Luego regresó al campamento de Israel, y dijo: «¡Arriba! El Señor ha puesto en manos de ustedes el campamento de Madián». Derrota y persecución de Madián 16 Gedeón dividió a los trescientos hombres en tres cuerpos, y distribuyó entre ellos trompetas y cántaros vacíos, con antorchas dentro de los cántaros. 17 Después dijo: «Fíjense bien en lo que yo hago, y hagan ustedes lo mismo. Cuando llegue al extremo del campamento, hagan lo mismo que yo. 18 Yo y todos mis compañeros tocaremos las trompetas; entonces también ustedes tocarán las trompetas alrededor del campamento y gritarán: ¡Por el Señor y por Gedeón!». 19 Gedeón y los cien hombres que lo acompañaban llegaron al extremo del campamento al comienzo de la guardia de la medianoche. Cuando se acababa de hacer el relevo de los centinelas, ellos tocaron las trompetas y rompieron los cántaros que llevaban en la mano. 20 Los tres cuerpos de la tropa hicieron lo mismo. Tenían las antorchas en la mano izquierda, y con la derecha tocaban las trompetas. Y todos gritaban: «¡Por el Señor y por Gedeón!». 21 Cada uno permanecía quieto en su respectivo lugar, alrededor del campamento. Entonces se despertó todo el campamento, y se dieron a la fuga lanzando alaridos. 22 Mientras los trescientos hombres tocaban las trompetas, el Señor hizo que en todo el campamento volvieran la espada unos contra otros. La tropa huyó hasta Bet Sitá, hacia Sartán, hasta la orilla de Abel Mejolá, frente a Tabat. 23 Entonces se reunieron los hombres de Israel, procedentes de Neftalí, de Aser y de Todo Manasés, y persiguieron a Madián. 24 Gedeón envió mensajeros por toda la montaña de Efraím, para que dijeran: «Bajen al encuentro de Madián y ocupen antes que ellos los vados hasta Bet Bará y el Jordán». Los hombres de Efraím se reunieron y ocuparon los vados hasta Bet Bará y el Jordán. 25 Así tomaron prisioneros a los dos jefes madianitas, Oreb y Zeeb. Luego de perseguir a Madián, presentaron a Gedeón, que estaba al otro lado del Jordán, las cabezas de Oreb y Zeeb.

Capítulo 8
Reproche de Efraím a Gedeón

La gente de Efraím dijo a Gedeón: «¿Qué nos has hecho? ¿Por qué no nos llamaste cuando fuiste a combatir contra Madián?». Y se lo reprocharon violentamente. 2 Pero él les respondió: «¿Qué hice yo comparado con lo que hicieron ustedes? Un solo racimo de Efraím vale más que toda la vendimia de Abiézer. 3 Dios puso en manos de ustedes a los jefes de Madián, Oreb y Zeeb. Comparado con esto, ¿qué he logrado hacer yo?». Después que les dijo estas palabras, se calmó su animosidad contra él. Persecución y derrota de Zébaj y Salmuná 4 Gedeón llegó hasta el Jordán y lo cruzó. El y los trescientos hombres que lo acompañaban estaban cansados y hambrientos. 5 Entonces dijo a la gente de Sucot: «Por favor, traigan un poco de pan para la tropa que me acompaña, porque están agotados de cansancio, y yo estoy persiguiendo a Zébaj y a Salmuná, reyes de Madián». 6 Pero los jefes de Sucot le respondieron: «¿Acaso tienes prisioneros a Zébaj y a Salmuná para que le demos pan a tu ejército?». 7 «Está bien, respondió Gedeón; cuando el Señor ponga en mis manos a Zébaj y a Salmuná, desgarraré la carne de ustedes con espinas y cardos del desierto». 8 De allí subió a Penuel y les hizo el mismo pedido. Pero la gente de Penuel le respondió lo mismo que la gente de Sucot. 9 Entonces Gedeón dijo a los de Penuel: «Cuando vuelva victorioso, derribaré esta torre». 10 Zébaj y Salmuná estaban en Carcor con su ejército. Eran unos quince mil hombres, es decir, todos los sobrevivientes del campamento de los Orientales. Los que habían caído eran ciento veinte mil armados de espada. 11 Gedeón subió por el camino de los nómadas, al este de Nóbaj y de Iogbohá, y derrotó al ejército, cuando ya se creían seguros. 12 Zébaj y Salmuná, reyes de Madián, trataron de huir, pero Gedeón los persiguió, los capturó a los dos y sembró el pánico en todo el ejército. La venganza de Gedeón 13 Después del combate, Gedeón, hijo de Joás, regresó por la pendiente de Jares. 14 Entonces detuvo a un joven de Sucot, lo interrogó, y él le dio por escrito los nombres de los jefes y los ancianos de Sucot. Eran setenta y siete hombres. 15 Luego se presentó ante los hombres de Sucot y les dijo: «Aquí están Zébaj y Salmuná, los hombres por los que ustedes se burlaron de mí, diciendo: «¿Acaso ya tienes en tu poder a Zébaj y Salmuná para que les demos pan a tus tropas hambrientas?». 16 Después tomó a los ancianos de la ciudad, recogió espinas y cardos del desierto e hirió con ellos a los hombres de Sucot. 17 También derribó la torre de Penuel y mató a los hombres de la ciudad. 18 Gedeón dijo a Zébaj y a Salmuná: «¿Cómo eran los hombres que ustedes mataron en Tabor?». «Se parecían a ti, respondieron ellos; todos tenían aspecto de príncipes». 19 Gedeón les respondió: «Ellos eran mis hermanos, hijos de mi madres, ¡Juro por la vida del Señor, que si ustedes les hubieran perdonado la vida, ahora no los mataría!». 20 Entonces dijo a Iéter, su hijo mayor: «Mátalos aquí mismo». Pero el muchacho tuvo miedo de sacar la espada, porque todavía era muy joven. 21 Zébaj y Salmuná dijeron: «Mátanos tú, porque un hombre se mide por su valor». Gedeón se levantó, mató a Zébaj y a Salmuná, y se guardó los adornos que sus camellos llevaban en el cuello. Propuesta de los israelitas a Gedeón 22 Los hombres de Israel dijeron a Gedeón: «Gobiérnanos tú, y que después de ti nos gobiernen tu hijo y tu nieto, porque nos salvaste del poder de Madián». 23 Pero Gedeón les respondió: «Ni yo los gobernaré ni tampoco mi hijo; sólo el Señor los gobernará». 24 Luego añadió: «Les voy a pedir una cosa: que cada uno me dé un anillo de lo que le ha tocado como botín». Porque los vencidos eran ismaelitas, y por eso tenían anillos de oro. 25 «Te los daremos con mucho gusto», respondieron ellos. Entonces él extendió su manto, y cada israelitas depositó en él un anillo de su botín. 26 El peso de los anillos que recogió fue de mil setecientos siclos de oro, sin contar los prendedores, los aros y los vestidos de púrpura que llevaban los reyes de Madián, y sin contar tampoco los collares de los camellos. 27 Con todo eso, Gedeón hizo un efod, y lo instaló en su ciudad, en Ofrá. Todo Israel fue a prostituirse allí, delante del efod, que se convirtió en una trampa para Gedeón y su familia. Muerte de Gedeón 28 Madián quedó humillado delante de los israelitas, y no volvió a levantar cabeza. El país estuvo tranquilo durante cuarenta años, mientras vivió Gedeón. 29 Ierubaal, hijo de Joás, se fue y permaneció en su casa. 30 Gedeón tuvo setenta hijos propios, porque tenía muchas mujeres. 31 La concubina que tenía en Siquem también le dio un hijo, a quien puso el nombre de Abimélec. 32 Gedeón, hijo de Joás, murió después de una feliz vejez, y fue enterrado en la tumba de su padres Joás, en Ofrá de Abiézer. Nuevas infidelidades de Israel 33 Después de la muerte de Gedeón, los israelitas volvieron a prostituirse ante los Baales y tomaron como dios a Baal Berit. 34 Así se olvidaron del Señor, su Dios, que los había librado de todos los enemigos de alrededor. 35 Y no agradecieron a la casa de Ierubaal Gedeón todo el bien que él había a Israel.

1° Lectura. Hechos 17:16-34

Mientras los esperaba en Atenas, Pablo sentía que la indignación se apoderaba de él, al contemplar la ciudad llena de ídolos. 17 Discutía en la sinagoga con los judíos y con los que adoraban a Dios, y también lo hacía diariamente en la plaza pública con los que pasaban por allí. 18 Incluso, algunos filósofos epicúreos y estoicos dialogaban con él. Algunos comentaban: «¿Qué estará diciendo este charlatán?», y otros: «Parece ser un predicador de divinidades extranjeras», porque Pablo anunciaba a Jesús y la resurrección. 19 Entonces lo llevaron con ellos al Areópago y le dijeron: «¿Podríamos saber en qué consiste la nueva doctrina que tú enseñas? 20 Las cosas que nos predicas nos parecen extrañas y quisiéramos saber qué significan». 21 Porque todos los atenienses y los extranjeros que residían allí, no tenían otro pasatiempo que el de transmitir o escuchar la última novedad. 22 Pablo, de pie, en medio del Aréopago, dijo: Atenienses, veo que ustedes son, desde todo punto de vista, los más religiosos de todos los hombres. 23 En efecto, mientras me paseaba mirando los monumentos sagrados que ustedes tienen, encontré entre otras cosas un altar con esta inscripción: «Al dios desconocido». Ahora, yo vengo a anunciarles eso que ustedes adoran sin conocer. 24 El Dios que ha hecho el mundo y todo lo que hay en él no habita en templos hechos por manos de hombre, porque es el Señor del cielo y de la tierra. 25 Tampoco puede ser servido por manos humanas como si tuviera necesidad de algo, ya que él da a todos la vida, el aliento y todas las cosas. 26 El hizo salir de un solo principio a todo el género humano para que habite sobre toda la tierra, y señaló de antemano a cada pueblo sus épocas y sus fronteras, 27 para que ellos busquen a Dios, aunque sea a tientas, y puedan encontrarlo. Porque en realidad, él no está lejos de cada uno de nosotros. 28 En efecto, en él vivimos, nos movemos y existimos, como muy bien lo dijeron algunos poetas de ustedes: «Nosotros somos también de su raza». 29 Y si nosotros somos de la raza de Dios, no debemos creer que la divinidad es semejante al oro, la plata o la piedra, trabajados por el arte y el genio del hombre. 30 Pero ha llegado el momento en que Dios, pasando por alto el tiempo de la ignorancia, manda a todos los hombres, en todas partes, que se arrepientan. 31 Porque él ha establecido un día para juzgar al universo con justicia, por medio de un Hombre que él ha destinado y acreditado delante de todos, haciéndolo resucitar de entre los muertos». 32 Al oír las palabras «resurrección de los muertos», unos se burlaban y otros decían: «Otro día te oiremos hablar sobre esto». 33 Así fue cómo Pablo se alejó de ellos. 34 Sin embargo, algunos lo siguieron y abrazaron la fe. Entre ellos, estaban Dionisio el Areopagita, una mujer llamada Dámaris y algunos otros.

martes, 6 de mayo de 2014

4° Lectura. 1° Macabeos 10:1-48

Capítulo 10
L1 El año ciento sesenta, Alejandro, hijo de Antíoco, por sobrenombre Epífanes, desembarcó y ocupó Tolemaida, donde fue bien recibido y comenzó a reinar. 2 Enterado de esto, el rey Demetrio reclutó un ejército muy numeroso y salió a su encuentro para combatirlo. 3 Además, Demetrio envió a Jonatán una carta amistosa, dándole mayores poderes, 4 haciéndose esta reflexión: «Anticipémonos a negociar la paz con él antes que él la haga con Alejandro en detrimento nuestro, 5 acordándose de los males que le causamos a él, a sus hermanos y a su nación». 6 Demetrio le dio autorización para reclutar tropas, fabricar armamentos y ser su aliado. También ordenó que le entregaran los rehenes detenidos en la Ciudadela. 7 Jonatán fue a Jerusalén y leyó la carta en presencia de todo el pueblo y de los que ocupaban la Ciudadela. 8 Estos últimos quedaron muy atemorizados cuando supieron que el rey lo había autorizado para reclutar tropas, y 9 los de la Ciudadela entregaron los rehenes a Jonatán, el cual los devolvió a sus familias. 10 Jonatán fijó su residencia en Jerusalén y comenzó a reconstruir y restaurar la ciudad. 11 Ordenó a los constructores que reconstruyeran las murallas y que rodearan el monte Sión con un muro de piedras talladas, y así lo hicieron. 12 Los extranjeros que ocupaban las fortalezas levantadas por Báquides, huyeron, 13 abandonando cada uno su puesto para regresar a su país. 14 Sólo en Betsur quedaron algunos de los que habían renegado de la Ley y de los mandamientos, porque esa era una ciudad de refugio. 15 El rey Alejandro se enteró de los ofrecimientos que Demetrio había hecho a Jonatán. También le contaron las guerras y las proezas que él y sus hermanos habían realizado y las contrariedades que habían soportado. 16 Entonces exclamó: «¿Podremos hallar otro hombre como este? ¡Hagámoslo ahora mismo nuestro amigo y nuestro aliado!». 17 Y en seguida le envió una carta redactada en los siguientes términos: 18 «El rey Alejandro saluda a su hermano Jonatán. 19 Hemos oído que eres un guerrero valiente y digno de nuestra amistad. 20 Por eso te nombramos hoy Sumo Sacerdote de tu nación y te concedemos el título de Amigo del rey para que apoyes nuestra causa y nos asegures tu amistad». Al mismo tiempo, le enviaba una capa de púrpura y una corona de oro. 21 Jonatán se revistió de los ornamentos sagrados el séptimo mes del año ciento sesenta, en la fiesta de las Chozas; reclutó tropas y fabricó una gran cantidad de armas. 22 Apenas supo esto, Demetrio se disgustó mucho y dijo: 23 «¿Qué hemos hecho? Alejandro se nos ha adelantado, ganándose la amistad y el apoyo de los judíos. 24 También yo voy a escribirles en términos persuasivos, ofreciéndoles dignidades y regalos, para que se comprometan a ayudarme». 25 Y les escribió en estos términos: 26 «El rey Demetrio saluda a la nación de los judíos. Nos hemos enterado con satisfacción de que ustedes han observado los pactos hechos con nosotros y han perseverado en nuestra amistad, sin pasarse al enemigo. 27 Continúen guardándonos la misma fidelidad y nosotros los recompensaremos a cambio de la colaboración que nos prestan. 28 Los eximiremos de muchas obligaciones y les haremos regalos. 29 Y desde ahora, los libero a ustedes, y eximo a todos los judíos, de las contribuciones, del impuesto a la sal y de la entrega de las coronas de oro. 30 Renuncio también, a partir de hoy y para siempre, a percibir el tercio de los granos y la mitad de los frutos de los árboles que me corresponden, tanto de Judá como de los tres distritos anexos de Samaría y Galilea. 31 Jerusalén, con su territorio, sus diezmos y derechos, será sagrada y estará exenta de impuestos. 32 Renuncio asimismo a toda autoridad sobre la Ciudadela de Jerusalén y se la cedo al Sumo Sacerdote, a fin de que establezca en ella a todos los hombres que él mismo elija para su defensa. 33 A todo judío llevado cautivo de Judá a cualquier parte de mi reino, le concedo la libertad gratuitamente, y ninguno estará obligado a pagar impuestos, ni siquiera los del ganado. 34 Todas las fiestas, los sábados, los novilunios y los días fijados para las solemnidades –con los tres días que preceden y siguen a cada fiesta –serán días de inmunidad y exención para todos los judíos residentes en mi reino: 35 nadie tendrá derecho a demandar o inquietar a ninguno de ellos por ningún motivo. 36 En los ejércitos del rey se alistarán hasta treinta mil judíos que percibirán el mismo sueldo que las demás tropas del rey. 37 Algunos de ellos serán apostados en las principales fortalezas del rey y otros ocuparán cargos de confianza en el reino. Sus jefes y oficiales serán elegidos entre ellos y todos podrán vivir conforme a sus leyes, tal como lo ha dispuesto el rey para el país de Judá. 38 Los tres distritos de la provincia de Samaría, incorporados a Judea, quedarán anexados definitivamente a ella y considerados como parte suya, de manera que dependan de un solo jefe y no estén sometidos a otra autoridad que la del Sumo Sacerdote. 39 Doy como presente al Templo de Jerusalén la ciudad de Tolemaida y sus alrededores, para cubrir las expensas del Santuario. 40 Por mi parte, daré cada año quince mil siclos de plata, que se tomarán de los ingresos del rey en los lugares apropiados. 41 Toda la cantidad que los agentes del fisco han dejado de pagar, como se hacía en los años precedentes, será entregada desde ahora para las obras del Templo. 42 Además, los cinco mil siclos de plata que se solían recaudar cada año de los ingresos del Santuario quedarán condonados en beneficio de los sacerdotes que ejercen el culto. 43 Todos aquellos que por una deuda al Tesoro real y por cualquier otra causa se refugien en el Templo de Jerusalén o en alguna de sus dependencias, quedarán absueltos, ellos con las posesiones que tengan en mi reino. 44 Los gastos para las obras de construcción y reparación del Santuario, correrán por cuenta del rey. 45 También estarán a cargo del rey la construcción de las murallas de Jerusalén y la fortificación de su recinto, lo mismo que la reconstrucción de las murallas en las ciudades de Judea». 46 Cuando Jonatán y el pueblo oyeron estas palabras, no les dieron crédito ni las aceptaron, porque se acordaban del enorme daño que Demetrio había causado a Israel y de la opresión a que los había sometido. 47 Entonces se decidieron por Alejandro porque, a su parecer, les hacía mejores propuestas de paz, y fueron siempre sus aliados. 48 El rey Alejandro reunió un gran ejército y tomó posiciones contra Demetrio.

3° Lectura. Job 36

Capítulo 36
Elihú tomó la palabra y dijo: 2 Sopórtame un poco, y yo te instruiré: aún queda algo por decir en defensa de Dios. 3 Traeré de lejos mi saber para justificar a mi Creador 4 No, mis palabras no mienten: es un maestro consumado el que está junto a ti. 5 Dios es grande y no se retracta, él es grande por la firmeza de sus decisiones. 6 El no deja vivir al malvado y hace justicia a los oprimidos 7 No retira sus ojos de los justos, los sienta en el trono con los reyes y los exalta para siempre. 8 Si a veces están atados con cadenas, o prisioneros en los lazos de opresión, 9 es para denunciarles sus acciones y las rebeldías que cometieron en su arrogancia. 10 El les abre el oído para que se corrijan y los exhorta a convertirse de la maldad. 11 Si ellos escuchan y se someten, acaban sus días prósperamente y sus años en medio de delicias; 12 pero si no escuchan, atraviesan el Canal y perecen a causa de su ignorancia. 13 Los de corazón impío, que acumulan rencor y no piden auxilio cuando él los encadena, 14 mueren en plena juventud, como se consumen los de vida licenciosa. 15 Con la opresión, él salva al oprimido y le abre el oído por medio de la aflicción. 16 También a ti te invita a pasar de la angustia a un lugar espacioso y sin estrechez, donde tu mesa, bien servida, estará llena de manjares. 17 Pero si tu medida está colmada para el juicio condenatorio, el juicio y la sentencia te arrastrarán. 18 Que el furor no te incite a la rebeldía ni te extravíe la magnitud de la expiación. 19 ¿Acaso en el peligro valdrán ante Dios tus riquezas y todos los alardes de la fuerza? 20 No suspires por aquella noche en que los pueblos serán arrancados de su sitio, 21 ¡Cuídate de volverte hacia la maldad, ya que por eso fuiste probado con la desgracia! 22 Sí, Dios es sublime por la fuerza: ¿quién instruye como él? 23 ¿Quién inspecciona su conducta? ¿Quién puede decirle: «Has obrado mal»? 24 Acuérdate más bien de exaltar su obra, que otros hombres celebren con sus cantos. 25 Todo el mundo la contempla, el hombre la percibe desde lejos. 26 Sí, Dios es tan grande que no podemos comprenderlo, el número de sus años es insondable. 27 El atrae hacia lo alto las gotas de agua y destila la lluvia que alimenta las vertientes: 28 la lluvia que derraman las nubes y que cae a raudales sobre el suelo. 29 ¿Quién comprenderá el desplazamiento de las nubes y el fragor que sale de su morada? 30 El extiende su luz a su alrededor y sumerge las profundidades del océano. 31 Así él sustenta a los pueblos y les da alimento en abundancia. 32 Cubre de rayos la palma de sus manos y le señala un blanco seguro. 33 Su trueno anuncia su llegada, y en su ira, él crea la tempestad.

2° Lectura. Jueces 6

Capítulo 6
Gedeón y Abimélec: la opresión de los madianitas
Los israelitas hicieron lo que es malo a los ojos del Señor, y él los entregó en manos de Madián durante siete años. 2 Los madianitas oprimieron a Israel, y para librarse de ellos, los israelitas se hicieron escondites en las cuevas de las montañas, en las cavernas y en los lugares escarpados. 3 Cada vez que Israel sembraba, venían los madianitas, los amalecitas y los Orientales, y los invadían. 4 Acampaban frente a ellos y destruían los productos del suelo hasta los confines de Gaza. No dejaban víveres, ovejas, bueyes ni asnos en Israel, 5 porque subían con su ganado y sus tiendas de campaña, y eran numerosos como langostas. Tanto ellos como sus camellos eran incontables, y entraban en el país para devastarlo. 6 Israel quedó muy debilitado a causa de Madián, y los israelitas clamaron al Señor. Intervención de un profeta 7 Cuando los israelitas clamaron al Señor a causa de Madián, 8 el Señor les envió un profeta, que les habló en estos términos: «Así habla el Señor, el Dios de Israel: Yo los hice subir de Egipto y los saqué de un lugar de esclavitud; 9 los libré del poder de los egipcios y de las manos de sus opresores. Los expulsé a ellos para entregarles a ustedes su territorio. 10 Y también les dije: «Yo soy el Señor, su Dios. No adoren a los dioses de los amorreos, en cuyo territorio habitan». Pero ustedes no escucharon mi voz». Vocación de Gedeón 11 El Angel del Señor fue a sentarse bajo al encina de Ofrá, que pertenecía a Joás de Abiézer. Su hijo Gedeón estaba moliendo trigo en el lagar, para ocultárselo a los madianitas. 12 El Angel del Señor se le apareció y le dijo: «El Señor está contigo, valiente guerrero». 13 «Perdón, señor, le respondió Gedeón; pero si el Señor está con nosotros, ¿por qué nos sucede todo esto? ¿Dónde están todas esas maravillas que nos contaron nuestros padres, cuando nos decían: «El Señor nos hizo subir de Egipto?» Pero ahora él nos ha desamparado y nos ha entregado en manos de Madián». 14 El Señor se volvió hacia él y le dijo: «Ve, y con tu fuerza salvarás a Israel del poder de los Madianitas. Soy yo el que te envío». 15 Gedeón le respondió: «Perdón, Señor, pero ¿cómo voy a salvar yo a Israel, si mi clan es el más humildes de Manasés y yo soy el más joven en la casa de mi padre?». 16 «Yo estaré contigo, le dijo el Señor, y tú derrotarás a Madián como si fuera un solo hombre». 17 Entonces Gedeón respondió: «Señor, se he alcanzado tu favor, dame una señal de que eres realmente tú el que está hablando conmigo. 18 Te ruego que no te muevas de aquí hasta que yo regrese. En seguida traeré mi ofrenda y la pondré delante de ti». El Señor le respondió: «Me quedaré hasta que vuelvas». 19 Gedeón fue a cocinar un cabrito y preparó unos panes sin levadura con una medida de harina. Luego puso la carne en una canasta y el caldo en una olla; los llevó debajo de la encina y se los presentó. 20 El Angel del Señor le dijo: «Toma la carne y los panes ácimos, deposítalos sobre esta roca y derrama sobre ellos el caldo». Así lo hizo Gedeón. 21 Entonces el Angel del Señor tocó la carne y los panes ácimos con la punta del bastón que llevaba en la mano, y salió de la roca un fuego que los consumió. En seguida el Angel del Señor desapareció de su vista. 22 Gedeón reconoció entonces que era el Angel del Señor, y exclamó: ¡Ay de mí, Señor, porque he visto cara a cara al Angel del Señor!». 23 Pero el Señor le respondió: «Quédate en paz. No temas, no morirás». 24 Gedeón erigió allí un altar al Señor y lo llamó: «El Señor es la paz». Todavía hoy se encuentra ese altar en Ofrá de Abiézer. Destrucción del altar del Baal 25 Aquella misma noche, el Señor dijo a Gedeón: «Toma el novillo de tu padres y otro toro de siete años. Luego destruirás el altar del Baal que pertenece a tu padres y cortarás el poste sagrado que está junto a él. 26 Después edificarás al Señor, tu Dios, en la cima de esta altura escarpada, un altar muy bien construido. Entonces tomarás el otro toro y lo ofrecerás en holocausto, con la leña del poste sagrado». 27 Gedeón reunió a diez de sus servidores e hizo lo que el Señor le había dicho. Pero por temor a su familia y a la gente de la ciudad, en lugar de hacerlo de día, lo hizo durante la noche. 28 A la mañana siguiente, toda la gente vio que el altar del Baal estaba destruido y que habían cortado el poste sagrado que estaba junto a él. Vieron también que un novillo había sido ofrecido en holocausto sobre el altar que acababa de ser edificado. 29 Entonces se preguntaron: «¿Quién habrá hecho esto?». Después de averiguarlo, supieron que había sido Gedeón, el hijo de Joás. 30 En seguida dijeron a Joás: «Trae aquí a tu hijo. ¡El debe morir, porque ha derribado el altar del Baal y ha cortado el poste sagrado que estaba junto a él!». 31 Pero Joás respondió a los que estaban delante de él: «¿Acaso a ustedes les corresponde defender al Baal? ¿Son ustedes los que tienen que salvarlo? Si Baal es Dios, que se defienda solo, ya que Gedeón derribó su altar. El que pretenda defenderlo, morirá antes del amanecer». 32 Por eso, a partir de ese momento, Gedeón se llamó Ierubaal, porque decían» «¡Que Baal se defienda de él, ya que él derribó su altar!». Preparativos para el combate 33 Todo Madián, Amalec y los Orientales se reunieron de común acuerdo, cruzaron el Jordán y acamparon en la llanura de Izreel. 34 Entonces el espíritu del Señor descendió sobre Gedeón: el tocó la trompeta, y los de Abiézer se reunieron detrás de él. 35 Envió mensajeros por todo el territorio de Manasés, y ellos también se le unieron. Lo mismo hizo en Aser, en Zabulón y en Neftalí, y todos ellos acudieron al encuentro. La prueba del bellón de lana 36 Gedeón dijo a Dios: «Si realmente vas a salvar a Israel por mi intermedio, como lo has prometido, concédeme esto: 37 Yo voy a tender un vellón de lana sobre la era; si cae rocío solamente sobre el vellón, y todo el resto queda seco, sabré que tú salvarás a Israel por mi intermedio, como lo has dicho». 38 Así sucedió: Gedeón se levantó de madrugada, exprimió el vellón para sacarle el rocío y llenó con él una copa de agua. 39 Después le dijo a Dios: «No te enojes conmigo si me atrevo a hablarte nuevamente. Quisiera hacer otra prueba con el vellón: Que sólo el vellón quede seco y todo el suelo se cubra de rocío». 40 Así lo hizo Dios aquella noche: sólo el vellón quedó seco, mientras que el suelo estaba cubierto de rocío.

1° Lectura. Hechos 17:1-15

Capítulo 17
Atravesaron Anfípolis y Apolonia, y llegaron a Tesalónica, donde los judíos tenían una sinagoga. 2 Pablo, como de costumbre, se dirigió a ellos y discutió durante tres sábados, basándose en la Escritura. 3 Explicaba los textos y demostraba que el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos. «Y el Mesías, afirmaba, es este Jesús que yo les anuncio». 4 Algunos se convencieron y se unieron al grupo de Pablo y de Silas, lo mismo que un gran número de adoradores de Dios, de paganos y no pocas mujeres influyentes. 5 Llenos de envidia, los judíos reunieron un grupo de gente de la calle y promovieron un alboroto, sembrando la agitación en la ciudad. Entonces se presentaron delante de la casa de Jasón en busca de Pablo y de Silas, para conducirlos ante la asamblea del pueblo. 6 Como no los encontraron, arrastraron a Jasón y a algunos hermanos ante los magistrados de la ciudad, gritando: «Esos que han revolucionado todo el mundo, han venido también aquí 7 y Jasón los ha recibido en su casa. Toda esta gente contraviene los edictos del Emperador, pretendiendo que hay otro rey, llamado Jesús». 8 Estos gritos impresionaron mucho a la multitud y a los magistrados, 9 y solamente después de haber exigido una fianza de parte de Jasón y de los otros, los pusieron en libertad. 10 Esa misma noche, los hermanos hicieron partir a Pablo y a Silas hacia Berea. En cuanto llegaron, se dirigieron a la sinagoga de los judíos. 11 Como estos eran mejores que los de Tesalónica, acogieron la Palabra con sumo interés, y examinaban todos los días las Escrituras para verificar la exactitud de lo que oían. 12 Muchos de ellos abrazaron la fe, lo mismo que algunos paganos, entre los cuales había mujeres de la aristocracia y un buen número de hombres. 13 Pero, cuando los judíos de Tesalónica se enteraron de que Pablo había anunciado la Palabra de Dios también en Berea, fueron allí a perturbar a la multitud sembrando la agitación. 14 Entonces los hermanos hicieron partir inmediatamente a Pablo en dirección al mar; Silas y Timoteo, en cambio, permanecieron allí. 15 Los que acompañaban a Pablo lo condujeron hasta Atenas, y luego volvieron con la orden de que Silas y Timoteo se reunieran con él lo más pronto posible.